Escucho un goteo chiquitito y mis músculos se relajan mientras desaparecen los sueños. Hace frío, las cortinas me rozan el cuerpo y todavía no abrí los ojos, todavía no tengo palabras, todavía no pienso.
La sábana suave que me estrangula tres veces por semana hoy está en el suelo. La miro un rato con ojos aún ciegos, y empiezo a vivir. Primero los dedos, el pelo, después los pies y la lengua que recorre encías y dientes. Al final, la canilla. Que gira pero no suelta nada. Encuentro el espejo y me veo, desengañada. Hoy tampoco.